Reedición yerro²
La reedición del número dos, que incluye un nuevo artículo, 2.45 AM, se puede conseguir en el siguiente enlace:
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“Libertad” es EL libro que había que leerse en 2011, casi por obligación. Obama lo leyó, tu vecina lo leyó, tu médico de cabecera al verte con él debajo del brazo te preguntó para leérselo, tus amigos lo leyeron, ¿por qué no rendirse ante el hype y leerlo?. Pues eso hice y me encantó. Me enganchó de principio a fin, sus casi setecientas páginas me engatusaron de pleno, logrando lo que pocos libros han logrado, no despertarme el sueño.
No esperéis pensamientos ininteligibles ni artificios sesudos, menos aún una prosa elaborada ni elevada, no, no se trata de eso, se trata de un novelón, de un novelón vestido de inteligencia, un producto destinado a los que pensamos que somos especiales… (ironía).
La crítica la ha acogido como la “nueva gran novela americana”, no en vano Jonathan Franzen está considerado como uno de los próceres imprescindibles de la sociedad cultural yanqui. “Libertad” se vende como el primer tratado sociológico post -11S relevante, casi imprescindible. Personalmente lo comparto, incluso al igual que en muchas reseñas citaría como referentes las obras de John Updike, Philip Roth, … y la guardaría en mi estantería Billy imaginaria junto a las pelis “Tormenta de Hielo” o “American Beauty” , al ladito de la novela de “Postales de Invierno” por ejemplo.
“Libertad” se teje con los retratos exhaustivos de los miembros y satélites de una familia ¿burguesa? del medioeste americano . Dando saltos en el tiempo, Franzen disecciona las últimas décadas del siglo XX, pasa por el 11S y llega hasta nuestros días. Lo hace valiéndose de las vidas de los Berglund, analizando a través de sus vivencias y miserias la evolución del concepto libertad y sus relaciones con el sueño americano. Una mirada desde el punto de vista de los buenos demócrata, cayendo en ocasiones en el maniqueísmo, pero ello no es impedimento para que el poso que te queda durante su lectura sea constructivo. Personalmente me aislé bastante de la moralina anti-republicana facilona que no me aportó nada o al menos nada conocido, lo que me atrajo fueron los tejemanejes sentimentales de los protagonistas, la red de relaciones personales y familiares, la empatía que sentí con muchas de las situaciones vividas que retratan las miserias de la condición humana de las que todos sin excepción participamos.
Por el tiempo en el que me leía esta novela coincidió una noche en la que haciendo zapping acabé volviendo a ver un buen rato de la película “Wachtmen”, basada en la novela gráfica de Alan Moore, concretamente una escena en la que dos de los superhéroes (el Buho y el Comediante) ante una visión catastrófica de revueltas en las calles, de degeneración de la sociedad, de corrupción del sistema comentan:
- “¿qué fue del sueño americano?, ¿qué le ha pasado a América?”
- “que qué fue del sueño americano?, que se ha cumplido, ahí lo tienes…”.
Esta reflexión es precisamente la que se me estaba quedando mientras avanzaba en la lectura de este libro.
El año pasado se editaba en español ‘Cartas a Emma Bowlcut’, la primera novela de Bill Callahan, que sin embargo, lleva ejerciendo una carrera como escritor de canciones desde principios de los años 90. Bill Callahan, antes conocido como Smog es uno de los mejores songwriters que podemos encontrar en activo, no únicamente en el campo instrumental y vocal, sino también por unas letras difíciles de desentrañar y comprender en su totalidad. Y lógicamente, consigue trasladar esos mismos adjetivos a su estreno literario en ‘Cartas a Emma Bowlcut’.
Obviamente nadie empieza una carrera literaria de la nada, y teniendo en cuenta su larga trayectoria como letrista, podíamos esperar una novela alejada del realismo y muy personal. No es, por tanto, un salto al vacío, sino que sigue una línea lógica desde el campo musical a la literatura pura. ‘Cartas a Emma Bowlcut’ se trata de una novela epistolar que nos presenta a un personaje que decide escribir a una chica que ha conocido en una fiesta. A partir de este punto básico, la acción se va desarrollando carta a carta, aunque se tratan de cartas que más que conversar, narran desde el punto de vista del personaje principal, hablando de su día a día y sus pensamientos acerca de lo que lo rodea. Con ecos a ‘Las desventuras del joven Werther’ de Goethe, sólo llegamos a conocer una parte de la conversación, teniendo el lector que adivinar a través de las escasas pistas que deja, cuales son las contestaciones de la misteriosa Emma Bowlcut, y cuál es la historia completa. Aunque tampoco es esa la función ni el objetivo de esta novela.
De todos los comentarios y reflexiones que el protagonista va escribiendo en sus cartas, es difícil establecer una línea clara. Las ramificaciones son extensas y muy dispersas, casi inabarcables. En una misma carta puede pasar de hablar sobre ciencia, a reflexionar sobre el paso del tiempo o cuál es el mejor lugar para colocar una cama. Sorprende la presencia del boxeo, bastante recurrente a lo largo de toda la novela. Funciona como un refugio, en el que se describen detalladamente los combates, pero desde el punto de vista de espectador del protagonista, pues la novela nunca abandona la posición del protagonista. Otro de los rasgos curiosos que presenta la novela es que todas las chicas que aparecen tienen nombre de peinados, empezando por Emma Bowlcut (Emma Cabezacasco), y pasando por Nina Moño, Robin Flequillo, Becky Trenzas… Un ejemplo más del constante aire personal de la novela.
No puedo iluminar tu vestíbulo de bombillas reventadas, es una de las frases que recoge la novela y que ilustra perfectamente cuál es el estilo y el sentido de la novela. No se trata de una lectura clara, ni fácil y tampoco busca que el lector sea un mero espectador de la acción, sino que busca la participación por parte del lector en todo momento. El propio Bill Callahan lo dice en esta frase, él no puede hacer nada, tan sólo deja esbozadas una serie de palabras que pueden resultar incomprensibles, pues es el lector quien tiene que poner de sí mismo para descubrir y dar de sentido a las ideas aparentemente aleatorias e inconexas que se nos van presentando.
A partir de frases cortas, nada explicativas ni narrativas, Bill Callahan va formando una paleta de imágenes aisladas pero de una gran fuerza de manera individual. Es una novela muy interesante y tan misteriosa como un poema críptico que aparentemente no dice nada. Promete que en futuras lecturas se vayan descubriendo nuevos detalles que lo iluminen y que han
Cartas a Emma Bowlcut
Todos somos unos miserables hijosdeputa
Cómo hablar de los libros que no se han leído
Los no lugares: espacios del anonimato
Extractos
Los detectives salvajes
Norte
Más allá de la lectura
La ciudad
El tiempo es un canalla
Dos Querelles
Yerro⁴
Por Clara Ayuso
¿libros? ¿pelis?
Blade runner me encantó, aún después de que hayan pasado mil años, la música cortada de Vangelis (cerrad los ojos y escuchadla en vuestra cabeza) na na na na, nana na na…
La figura andrógina, excitante, moderna de Rachel, enfundada en su pelo-casco mirando a Deckard, la mezcla de robot-persona, la sexualidad contenida del gran Roy y su humanidad dolorosa en la mítica escena final, hacen que sea una de mis pelis preferidas, no uno de mis libros preferidos.
Miro y remiro mis cosas, mis libros, mis discos, mis Ray-Ban rojas y el bolso precioso que me han regalado, la horrorosa colección de llaveros de la pared y el ya clásico calendario fotogramas a punto de terminar.
Cuento cosas: los lados de la pared, el número de libros, y de pelis, 1234…las cosas rojas que hay en la habitación y los segundos que aguanto sin respirar. Memorizo los autores de los libros desparramados por la mesa: Allen Ginsberg, Joseph Conrad, Pedro Salinas…
intento leerlos desde lejos.
intento dejar la mente en blanco.
intento preocuparme y despreocuparme.
intento querer-odiar a alguien.
vuelvo a mirar mis cosas.
vuelvo a apilar mi desorden.
vuelvo a tararear una canción.
Por Jacques Cormery
Logro abrir la puerta sin hacer ruido.
Asomó la cabeza.
Izquierda Derecha
Nada.
No era cosa de entretenerse.
Pie derecho, pie izquierdo, así; uno, dos, uno, dos, sin hacer el menor ruido, sin movimientos extraños, acariciando las baldosas. en el estómago le crecían revoluciones bolcheviques, revueltas jacobinas. Cinco minutos más y estarían resueltas. Por ahora todo iba bien, pero estaba muy débil. Dos días sin comer los nota cualquiera. Una nueva arcada le llegó desde abajo. Sin duda los insurrectos acababan de tomar el Palacio de Invierno. Ya era tarde para dialogar. Chocolate, pasteles, magdalenas, leche chorreando por la barbilla, todo era poco, las condiciones del armisticio eran durísimas.
Dos días sin probar bocado…
Había sido imposible. Papá todo el día navegando de acá para allá, borracho como una cuba. Y claro, cómo atreverse a salir. Todavía le dolía la cicatriz del último encuentro. Incluso ahora, en el amanecer del tercer día de ayuno involuntario, debería haber aguantado el hambre en su habitación, porque quizá papá andaba acechando en cualquier sitio. Tal vez mamá había salido, tal vez mamá estuviera acechándole los pasos, no quería ni pensarlo.
Uno, dos, uno, dos… Desde luego la casa era grande, la galería de arriba interminable, y además su marcha lenta, precavida, contribuía a que los segundos le parecieran siglos. Y sin embargo era el suyo el ritmo adecuado para que la casa siguiera en silencio, para que no le sorprendiera ningún tajo detrás de alguna sombra.
Los bolcheviques continuaban su avance, y en algún uno-dos, le flojeaban las piernas. Pedía paciencia, pero ellos nada; seguían aquí y allá propagando revoluciones; tortilla de patatas, pollo asado, pizza, melocotones, paella… Uno, dos, uno, dos. Ya casi estaba al final de la galería, frente a las escaleras que conducían al piso de abajo, y nada, aún nada. Mejor así, huérfano de padres. Todo iba perfecto, pero cuando afrontó el primer escalón los de abajo tomaron la Bastilla. La cabeza se le iba en globo, le pitaban los oídos… Uno… Imposible el dos. A su pesar tuvo que sentarse y descansar. Era una temeridad, pero estos revolucionarios son tan testarudos… “Exigimos salmón ahumado” proclamaba Robespierre, y los ciudadanos gástricos lo vitoreaban al borde del orgasmo digestivo.
Aprovechó para quitarse el parche y secarle el sudor. ¿El parche?, nada, un encuentro con mamá. Mamá es terrible. Una vez encontró a papá en el salón, completamente trompa. Ahora papá orinaba sentado en la taza. Claro, que en otras cacerías ella también se había llevado lo suyo. Precisamente era fácil escapar de mamá por su pata de palo. Pero a veces esperaba y esperaba, agazapada en cualquier sitio como una garrapata. Dicen que las garrapatas pueden pasar cien años sin probar bocado, y luego, en el momento propicio, ¡zas!
Se incorporó sujetándose la cabeza. se sentía muy lejos, a dos mil kilómetros de su ojo. Estaba muy débil, incluso era probable que acabara rodando por las escaleras. Pero de pronto recuperó el uno y un vacilante dos. Pasito a pasito, escalón a escalón, uno…dos…uno…dos… Los comités revolucionarios se habían sosegado y eso ayudaba al inicio de conversaciones y al uno-dos que aparentaba firmeza, pero que a veces resbalaba sobre los escalones blandos, fangosos, porque también se le sublevaba la imaginación y ahora los escalones eran barro, tierra burbujeante, putrefacta. Le vino otra arcada repleta de huelguistas gástricos que casi suicida sobre el uno maloliente.
Y todo por la Bastilla, las lentejas, los macarrones, con lo que engorda la pasta… Uno, dos, uno… Pero ahora el barro le llegaba casi a la axila de la pierna, y al dos le costaba salir, respirar, y contando con que hubiera caimanes. Por eso ahora, en el centro del pantano, sin casi el dos, es natural pensar por qué ha cedido al chantaje de jacobinos y enzimas, por qué salir de su habitación, territorio seguro, neutral, donde no estaba permitida la caza, la caza sin razones, sin remordimientos, por el simple placer de cazar caimanes atrapados por el dos en escaleras pantanosas.
Palpó el cuchillo por mero instinto de supervivencia, por atajar el miedo que le llevaba por el dos al fondo del pantano, de los escalones movedizos. Palpó el cuchillo y el instinto de caza, de depredador le incendió la sangre. Pero, a lo lejos, un cuerno de caza, el aullido alcoholizado de papá al principio de la galería, le devolvió a la realidad.
Había que salir de allí porque papá salía de caza, y ya sentía a los perros; su aliento empapado de vodka acariciándole la nuca. Ensayó el uno y con esfuerzo sobrehumano logró el dos. Uno… d o s, agarrándose a los mangos, cíclope cegato, guiado a duras penas por la cabeza que se le iba en globo, por su único ojo que habitaba lejos, muy lejos…
Uno… d o s, uno… d o s, e inesperadamente llegó al final de la escalera. ¡LA CAZA! ¡LA CAZA! Se acabaron los escalones pantanosos, pero por detrás llegaba la caza, y el miedo le volvió el cuchillo flácido, los revolucionarios enmudecieron. Ya no reclamaban golosinas ni galletas de chocolate. Sentían la navaja atravesando las paredes de la Bastilla, del Palacio de Invierno, las finas paredes del estómago. La única posibilidad era la cocina. Atrincherarse allí, hacer frente a papá hasta que le volviera el ansía del alcohol y se olvidara de la caza, de la sangre excitada.
En condiciones normales, sin reivindicaciones gastronómicas, se habría enfrentado a papá con el cuchillo erecto, dispuesto par hacerle una felatio de sangre, y lo habría vencido. Y todo por un plato de lentejas, venderse por un plato de lentejas, huir de papá porque no se tiene un cochino plato de lentejas, huir de su caza alcoholizada, acelerar el d o s uno d o s uno d o s uno d o s uno dos uno dos uno dos unodosunodosunodosunodosunodosunodosunodosunodosunodosunodosunodosunodos
¡¡ATENCIÓN LA CARRERA MUY IGUALADA!! ¡¡FINAL EMOCIONANTÍSIMO!! ¡¡HUNGRY VA A GANAR!! ¡¡VA A GANAR!! ¡¡¡GANA!!! ¡¡VENCEDOR HUNGRY!! ¡¡VENCEDOR HUNGRY!! ¡¡GANA POR DOS CUERPOS!! ¡¡LLEGA A LA COCINA POR DOS CUERPOS!! ¡¡¡VENCEDOR HUNGRY!!! ¡¡¡VENCEDOR HUNGRY……!!!
Y entonces la alegría gástrica, la euforia, uno, dos, pero también el salto imprevisible, los ojos sanguinolentos de mamá cayéndole encima, derribándolo. Mamá-garrapata. Cien años sin comer. Y en el momento oportuno salta sobre la presa, eleva el cuchillo y llaman a la puerta… Pasa que, en ocasiones, cuando uno va de caza y tiene la presa derrotada en el suelo, y se dispone a penetrarla con el cuchillo a sentir todo el éxtasis de la caza, llaman a la puerta. Y entonces mamá se compone el peinado, esconde el cuchillo y le ayuda a uno a levantarse.
Mientras mamá prepara el te papá ya está sentado en el salón, leyendo el periódico. Y yo me pego la sonrisa a los labios y voy a abrir la puerta. Es cualquier otra o la señora de Peláez y la pequeña Celia, a Celia le encanta jugar con mi parche.
De la cocina viene el uno, toc, uno, toc, de mamá, que aparece sonriente con el té y las pastas.
Charlamos y etc, etc, etc… Y la señora de Peláez mira el parche, la pata de palo de mamá, la cicatriz que le divide la mejilla a papá. Luego, como siempre, disimula, sin atreverse a preguntar. Pero no nos importa. Nosotros guardamos las apariencias. Los trapos sucios se lavan dentro de casa. Ya puede pensar esa vieja bruja de Peláez lo que quiera.
Cuando se vaya volverá la caza, y todo dependerá del uno, dos, uno, toc, uno, dos…
STONE JUNCTION
UNA LECTURA INVERNAL
EL LECHO DE LAS PATAS
26 GOTAS
TESTO YONQUI
BLADE RUNNER, LOS SUEÑOS DE LAS OVEJAS O EL ARTE DE NUNCA CONSIGO TERMINAR NADA
LA CAZA
EL VERDOR QUE FUE OLVIDADO Y DEAMBULÓ (BORGIANO)
BRET EASTON ELLIS. MÁS QUE CERO
PEQUEÑO ÁRTICO